¿Alguna vez te has preguntado
por qué el agua del mar es salada?
Cuando tenía tan solo cinco
añitos de edad, se me ocurrió preguntar a mi papá el porqué de este hecho;
curiosamente él me contestó con una leyenda, y digo curiosamente porque mi
padre es demasiado…científico.
La historia empieza así:
Érase una vez,
hace mucho tiempo, una familia pequeña y humilde que vivía en una isla
desierta. Ellos pescaban, cazaban y cultivaban su propia comida día a día, ya
que no tenían medios para mantener la carne y el pescado fresco de un día para
otro.
Un día como otro cualquiera, Pedro, el
padre de familia y único hombre en la isla, enfermó. Su mujer y sus cuatro
hijas estaban desoladas: ¿qué carne comerían ahora? ¿Quién araría ahora la
tierra?
Los dioses, al ver a la pobre familia
tan desesperada, decidieron concederles dos peticiones.
Las cuatro hermanas comenzaron a
pensar, pensar y pensar qué era lo que más falta les hacía; a la más pequeña se
le ocurrió algo: -¡Ya sé!, pediremos que papá no enferme jamás. A todas les
pareció buena idea, fue lo primero que pidieron. La hermana mayor, por su parte, decidió que
lo segundo que pidiesen lo elegiría su padre.
Tras dos largos días de recuperación,
Pedro ya tenía en mente qué pedir; quería un mortero, pero no un mortero normal
y corriente, no; un mortero mágico, que guardaría en un estante de la cocina y
cada vez que le echase tres gotas de agua y tres toques en su interior,
aparecería lleno de sal. Las chicas estaban desconcertadas: ¿para qué pediría
sal? Podría haber pedido salir de aquella isla, un buen esposo para cada una de
ellas, ropa caliente para el invierno, comida para dos años… La decisión estaba
tomada, a la mañana siguiente aparecería el mortero. Pedro estaba entusiasmado;
al ver la decepción reflejada en la cara de su familia, dio una explicación:
-La sal es un bien muy escaso en esta isla y una excelente forma de conservar
nuestros alimentos y darles sabor.
A la semana, por fin lo entendieron; la
voz corrió por las islas de alrededor, era la familia más envidiada de aquel
pequeño archipiélago.
Meses después, ya en el frío
invierno, un codicioso marinero se propuso a sí mismo atacar a la familia de
Pedro y conseguir así esa fuente inagotable de aquel bien tan escaso.
Mientras todos dormían, el malvado
marinero llegó a la costa de la isla, se adentró en ella, y se coló por una
ventana de la humilde morada. Sigilosamente cogió el mortero y regresó a su
barco. Los dioses se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo y provocaron una
gran tempestad en el mar que hundió el barco.
Así
llegó el mortero al fondo del mar, y con el agua y los golpes de las
olas la sal no cesó de salir. –– Y por eso, hija, el agua del mar es salada –
concluyó mi padre.
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