miércoles, 17 de octubre de 2012

EL AGUA DEL MAR


¿Alguna vez te has preguntado por qué el agua del mar es salada?
Cuando tenía tan solo cinco añitos de edad, se me ocurrió preguntar a mi papá el porqué de este hecho; curiosamente él me contestó con una leyenda, y digo curiosamente porque mi padre es demasiado…científico.
       La historia empieza así:
Érase una vez, hace mucho tiempo, una familia pequeña y humilde que vivía en una isla desierta. Ellos pescaban, cazaban y cultivaban su propia comida día a día, ya que no tenían medios para mantener la carne y el pescado fresco de un día para otro.
      Un día como otro cualquiera, Pedro, el padre de familia y único hombre en la isla, enfermó. Su mujer y sus cuatro hijas estaban desoladas: ¿qué carne comerían ahora? ¿Quién araría ahora la tierra?
       Los dioses, al ver a la pobre familia tan desesperada, decidieron concederles dos peticiones.
Las cuatro hermanas comenzaron a pensar, pensar y pensar qué era lo que más falta les hacía; a la más pequeña se le ocurrió algo: -¡Ya sé!, pediremos que papá no enferme jamás. A todas les pareció buena idea, fue lo primero que pidieron.  La hermana mayor, por su parte, decidió que lo segundo que pidiesen lo elegiría su padre.
   
        Tras dos largos días de recuperación, Pedro ya tenía en mente qué pedir; quería un mortero, pero no un mortero normal y corriente, no; un mortero mágico, que guardaría en un estante de la cocina y cada vez que le echase tres gotas de agua y tres toques en su interior, aparecería lleno de sal. Las chicas estaban desconcertadas: ¿para qué pediría sal? Podría haber pedido salir de aquella isla, un buen esposo para cada una de ellas, ropa caliente para el invierno, comida para dos años… La decisión estaba tomada, a la mañana siguiente aparecería el mortero. Pedro estaba entusiasmado; al ver la decepción reflejada en la cara de su familia, dio una explicación: -La sal es un bien muy escaso en esta isla y una excelente forma de conservar nuestros alimentos y darles sabor.
       A la semana, por fin lo entendieron; la voz corrió por las islas de alrededor, era la familia más envidiada de aquel pequeño archipiélago.
Meses después, ya en el frío invierno, un codicioso marinero se propuso a sí mismo atacar a la familia de Pedro y conseguir así esa fuente inagotable de aquel bien tan escaso.
       Mientras todos dormían, el malvado marinero llegó a la costa de la isla, se adentró en ella, y se coló por una ventana de la humilde morada. Sigilosamente cogió el mortero y regresó a su barco. Los dioses se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo y provocaron una gran tempestad en el mar que hundió el barco.
       Así  llegó el mortero al fondo del mar, y con el agua y los golpes de las olas la sal no cesó de salir. –– Y por eso, hija, el agua del mar es salada – concluyó mi padre.
       

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