Eran siempre las dos, Ana y Diana; habían nacido juntas, habían mamado del mismo pecho y desde entonces todo lo hacían a la par: compartieron la ropa, la carta de los reyes, la varicela, el bocata, las chuletas y hasta el número de suspensos. A los once años se juraron que nunca nada las separaría. Pero todo se estropeó cuando cumplieron los doce:
las dos se hicieron amigas de Jenifer. Ana y Diana empezaron a quedar de espaldas a la otra, a pasear a solas, a contar a Jenifer secretos que sólo ellas dos habían compartido. Pronto sintieron que se estorbaban: estaban compitiendo por la misma amiga. Diana acusaba a Ana de traicionarla, al tiempo que trataba de hacer trampas para que Jenifer pasara más tiempo con ella. Ana iba poco a poco recordando las veces que Diana le había quitado un juguete, una caricia, un triunfo; y un día descubrieron que ya no podían confiar la una en la otra.
las dos se hicieron amigas de Jenifer. Ana y Diana empezaron a quedar de espaldas a la otra, a pasear a solas, a contar a Jenifer secretos que sólo ellas dos habían compartido. Pronto sintieron que se estorbaban: estaban compitiendo por la misma amiga. Diana acusaba a Ana de traicionarla, al tiempo que trataba de hacer trampas para que Jenifer pasara más tiempo con ella. Ana iba poco a poco recordando las veces que Diana le había quitado un juguete, una caricia, un triunfo; y un día descubrieron que ya no podían confiar la una en la otra.
Ya no se hablaban, pero constantemente se criticaban ante su amiga, se vigilaban a ver quién mentía y se sonreían cuando la otra hacía el ridículo. Hasta que una mañana, Jenifer dijo basta. Si tenía que elegir entre una de las dos, prefería quedarse sin ninguna. Y no volvió a hacer contacto con ellas. Por supuesto, Ana sabía que Diana tenía toda la culpa; Diana sabía que ella no había empezado; y ninguna de las dos estaba dispuesta a pedir perdón. El tiempo pasaba, y cada mirada era un insulto, cada roce una pelea, cada palabra una oportunidad para contradecirse.
Una tarde, a la vuelta del colegio, su madre les dijo que ellas no tenían la culpa, pero que había decidido abandonar a su padre, marcharse a otra ciudad, y que iba a llevarse a Diana. Ana se quedaría con su padre.
Aquella noche, Diana soñó que envenenaba a su hermana; sabía que así lo solucionaría todo, pero se arrepintió cuando Ana estaba agonizando; antes de poder darle el antídoto, se despertó. Buscó con la mirada la cama al otro lado de la habitación. Ana la estaba mirando. Había soñado lo mismo.

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